sábado, 10 de julio de 2010

EDITORIAL

Aunque es una Editorial me parece importante tenerla presente.

NUESTRA RAZÓN DE SER
¿QUÉ ES LA BIBLIOTECOLOGÍA?
[OUR REASON FOR BEING: WHAT IS LIBRARY SCIENCE?]

Durante décadas nos preguntamos en qué consistía la Bibliotecología. Las voces eran múltiples y corales, diversas y plurales. Había una gran variedad de criterios y de posiciones. Muchos sostenían que la Bibliotecología era una disciplina independiente, inmersa en el centro de las ciencias sociales; para otros, debía aspirar a ser una técnica con profunda vocación científica; y para algunos, era un arte o, acaso, un quehacer que se debatía entre lo artesanal, lo utilitario, lo empirista y lo erudito.

Sin embargo, esta discusión de tonalidad bizantina fue arrollada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. El vértigo del cambio transformó a lo nuevo en algo ya definitivamente pasado y, por añadidura, perimido. Nuestra profesión no solo ha cambiado por la asimilación compulsiva y necesaria de las herramientas informáticas. También ha mutado porque, en apariencia, hoy somos menos conservadores que en el pasado. Ya no añoramos, como nuestros colegas de antaño, el culto a la formación enciclopédica, ni el detalle de cuño positivista que, a la larga, forjaría el sueño de una disciplina con vocación matemática.

En ese devenir pragmático y constante también hemos perdido algunos elementos que eran característicos de nuestra personalidad profesional. Antes nos preocupaba el debate filosófico sobre la ontología de nuestra disciplina. La fuerza quieta que se albergaba en el pensamiento reflexivo, ha dejado de formar parte, en muchos aspectos, de nuestros debates cotidianos. Actualmente resulta imposible encontrar un bibliotecario que se preocupe por estas cuestiones. No nos referimos al profesional que ejerce la investigación y trabaja con la epistemología de la Bibliotecología en forma académica y casi con una jerga léxica paraprofesional. Nos referimos al bibliotecario común y corriente, el que trabaja en una biblioteca y manipula los fluidos etéreos de la información moderna. El caso, no por veraz, es menos dramático. Seamos francos: hoy nadie se interesa por la finalidad filosófica o existencial de nuestro trabajo. La Bibliotecología moderna se ha convertido en un mundo de sutilezas informáticas. Algunas de ellas tan profundas e inefables que, por omisión o superación, caemos en el olvido de nuestra propia existencia.

Esto no es una crítica. Estamos simplemente meditando sobre cómo pensamos y obramos en nuestros quehaceres y, fundamentalmente, qué nos acontece en nuestra cotidianidad bibliotecaria. Pero lo que nos sucede es la realidad de todos: no hacemos otra cosa que debatirnos por dotar a nuestras bibliotecas con los mejores recursos informáticos para asegurar la excelencia de los servicios. El bibliotecario es un íntimo deudor de la tecnología de cada época. Es más: toda biblioteca que se evade de su momento tecnológico es una unidad de información destinada al fracaso y a la desaparición. Sin embargo, el fracaso también posee otros caminos que ocultan los pequeños senderos que llevan a las salidas. Toda disciplina madura y fuertemente asentada en el marco de su convivencia con otros campos de estudio, se basa en dos vertientes solidarias entre sí: el dominio técnico (es decir, la moderna implementación de sus herramientas de trabajo) y la reflexión teórica y filosófica de su razón de ser. Sin ellas, sin su trabajo mutuo y enriquecedor, lamentablemente, nada podemos esperar de una profesión, salvo su retórica de
instrumentalización eficaz de los objetos y las personas. Es decir, una imagen especular e irrisoriamente complaciente de sí misma.

Es en este punto donde debemos borrar “nuestro pizarrón profesional”, echar nuevamente las cartas y, sobre esta nueva y diáfana superficie, intentar trazar una serie de preguntas que nos lleven a meditar sobre lo que somos y aquello que pretendemos ser. ¿Hace cuánto tiempo que no reflexionamos acerca de nuestro simple pero rico quehacer? No dejemos a un lado, puesto que es
imposible sustraernos a ello, las hojas web, la Internet, los catálogos en línea, los paquetes electrónicos en texto completo, y tantas cosas más que definen a la Bibliotecología moderna. Es más: asidos a ellas, junto con ellas, inmersos en su carácter imprescindible, empapados por ellas tal como lo estamos, volvamos a reformularnos las eternas preguntas que hacen a la juventud y al vigor de nuestra disciplina.

Intentemos, como simple aproximación discursiva, enumerar algunas de esas preguntas. Interrogantes que, sin duda, construyen al bibliotecario como un individuo crítico y creador, como una persona capaz de tener el coraje de plantearse los fundamentos de su profesión desde una vanguardia de inseguridad creadora.

Levantemos, pues, el inventario de algunas de esas preguntas, tales como las siguientes: ¿cuáles son los valores que definen el objeto de la Bibliotecología?, ¿en qué medida nuestra profesión pertenece a las Ciencias Sociales?, ¿es posible una Filosofía de la Bibliotecología?, ¿hasta que punto debemos permitir que nuestra práctica bibliotecaria esté dominada por las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación?, ¿existe una ética del bibliotecario o, tal vez, es un decálogo trasnochado de buenas intenciones?, ¿el bibliotecario moderno debe tener una formación esencialmente informática?, ¿por qué nuestra profesión carece de compromiso político militante?, ¿por qué la Bibliotecología no posee la habilidad para hacerse imprescindible socialmente como ocurre con otras actividades académicas?, ¿nuestra profesión, tal como hoy la vislumbramos,puede desaparecer en un futuro no muy lejano?, ¿con qué elementos nos enfrentaremos a la progresiva (pero casi inevitable) disminución de la comunicación cara a cara con los usuarios?, ¿cuál es la esencia última de la Bibliotecología desde el punto de vista fenomenológico?, ¿puede existir una Bibliotecología sin bibliotecarios?, ¿podemos hablar de una estética trascendental profesional?, ¿el estudio de las prácticas de la lectura también puede ser objeto de nuestro quehacer?, ¿los modos en que los usuarios se apropian de la información acaso no modifican nuestro trabajo?, ¿los usuarios serán capaces de cambiar nuestras rutinas bibliotecarias?, ¿es posible una Metafísica de la Bibliotecología?, ¿por qué nuestros profesionales tienden a menospreciar la intuición bibliotecaria?, etcétera. Todas estas interrogantes (y muchas más) confluyen en el laberinto de una sola pregunta: ¿qué es la Bibliotecología? En una oportunidad a un filósofo argentino le hicieron la siguiente consulta: ¿para qué sirve la filosofía? Sin titubear, contestó: “para nada”. Lo mismo acontece con nuestra duda bibliotecológica. En cierto sentido su reflexión no tiene utilidad pragmática, pues la evasión consciente del ámbito instrumental conlleva la meditación más allá de la práctica. Este extrañamiento implica una respuesta de sentido trascendental: preguntarse por una disciplina es reflexionar sobre nada... y, fundamentalmente, sobre todo, es decir, sobre la totalidad que hace y da sentido a un campo del saber. La Bibliotecología es una amplia trama multifacética. Su característica principal es la variedad de sus aproximaciones sucesivas y cruzadas, que la definen más como un delta tumultuoso que como el curso de un río sin sobresaltos. Preguntarse por ella es construir la propia morada del hombre y su deseo de conocimiento, donde corren juntos los aspectos axiológicos, los estéticos, los prácticos, los teóricos, los filosóficos, los ontológicos, los fenomenológicos, los políticos, los económicos y los sociales.

La aventura, pues, de intentar dar una respuesta provisional a estos interrogantes, es conjugar a viva voz el quehacer de la Bibliotecología. Pero lo paradójico no resulta en sus posibles respuestas. Lo realmente alentador es tener la valentía para formularlas y no pretender un conjunto de soluciones definitivas, pues en ello yace el misterio humano. En un mundo donde la naturaleza primaria de la persona es recubierta por la informática, creándose así un nuevo orden artificial, resulta de vital necesidad preguntarse sobre los grandes temas que hacen a nuestra existencia como profesionales de la información. Es un intento del cual no debemos privarnos. Es más, hacerlo es una obligación que nos invoca y clama desde las entrañas de las bibliotecas. En ello, y no en otra cosa, radica nuestra última razón de ser como bibliotecarios.



Alejandro E. Parada
Secretario de Redacción
Información, Cultura y Sociedad